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Agustín Olaiz: Un emblema de la diáspora vasca

escrito por Villa María    viernes, 08 de abril de 2016

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Como parte del Proyecto Memoria Bizia, entrevistamos al querido Agustín Olaiz, socio histórico y alcalde honorario de nuestra euskal etxea, y uno de los pocos nacidos en Euskal Herria que aún quedan con vida en Villa María y la región. Los recuerdos de su Navarra natal, la llegada a la Argentina, su trayectoria en la institución… su vida, en fin, en este reportaje especial hecho desde el Centro Vasco con mucho cariño.

 

Ficha Personal

Nombre: Agustín Olaiz

Fecha de nacimiento: 14 de Mayo de 1934

Lugar: Lekaroz (Nafarroa/Navarra) Euskal Herria

Edad: 81 Años

Años viviendo en Argentina: 66

 

Cuéntenos algo de su tierra natal, Don Agustín

Nací en Lekaroz, un pueblo muy pequeño de Navarra, muy rural, cercano a Francia y a pocos minutos a pie de los Pirineos. Está en  el Valle de Baztan, y es atravesado por el Río del mismo nombre, o Bidasoa. Es realmente bonito, con pequeñas montañas, casonas viejas y verde por todos lados.

 

Un típico paisaje vasco digamos

Se podría decir que sí. Lo único complicado era para trabajar, ya que subir y bajar los montes no es fácil. Nosotros lo hacíamos para cortar madera. Ahora eso se hace poco, lo que genera que haya más bosques. La última vez que fui, hace 15 años, lo vi mucho más verde que en mi época de niñez.

 

¿Cómo estaba compuesta su familia ahí en Lekaroz?

Nosotros éramos 10: papá Juan Miguel, mamá María Pilar, el abuelo Graciano, la abuela Claudia y seis hermanos: Graciano, María Socorro, Aurora, María Concepción, Luis María y yo, que vengo a ser el segundo. Los únicos que quedamos vivo somos Aurora , Luís María y yo que vivimos en Villa María, y Aurora que vive en Río Tercero.

 

Háblenos de su infancia, de sus primeros años en ese entorno tan bucólico

Recuerdo los juegos, las idas al río a nadar y pescar, el convento de los frailes, las misas, y la pelota, claro. Había muchos frontones en esa época, la pelota vasca era muy popular. Le pegábamos con todo ¡y no nos dolía eh! Teníamos las manos duras, de chiquitos, de trabajar la tierra. Ahora los nenes son más “blanditos” (risas).

 

¿Cómo era trabajar la tierra?

¡Muy duro! Era lo normal en esa época, que los chicos trabajaran en el campo. Trabajábamos con los abuelos, dándole a la azada. La mayoría de las familias tenían sus animales: chanchos, vacas y gallinas. También sus huertos: cosechábamos remolacha, nabos, pimientos, tomates, porotos, habas, maíz, calabaza… e incluso manzanos, cerezos, avellanas, nueces, peras y duraznos.

 

Todas esas costumbres le quedaron marcadas. Queda claro viendo el hermoso huerto que tiene en su patio.

Seguro. Son cosas que uno aprende  de chico y le quedan para toda la vida. Yo tengo todo lo que necesito en mi jardín: en esta época hay calabazas, acelga, zanahorias, berenjenas, alfalfa para los cultivos… hace poco coseché frutillas ¡tengo un montón de frutillares!

 

Volvamos a Lekaroz, a su infancia ¿Se hablaba más euskera que castellano en el pueblo?

Sí, mucho más. Igual hablábamos castellano, aunque algunos viejos no sabían comunicarse en ese idioma. Pero si, la lengua predominante era el euskera.

 

De todo lo que nos cuenta, podemos deducir que tuvo una infancia feliz ¿Después eso cambió verdad?

Si, la Guerra Civil en España lo cambió todo. Primero, los dueños del campo nos hicieron ir y tuvimos que marcharnos al vecino pueblo de Arraoiz. Yo por entonces tendría unos 11 o 12 años. Ese tiempo fue terrible. Ya no teníamos huertos ni animales, y en general en toda la zona la miseria era grande. Todo lo teníamos racionado, el pan, el arroz… a veces en casa comíamos algunas papas hervidas y nada más. Yo conocí gente que murió de hambre.

 

Un escenario muy duro…

Tremendo. Lo que pasa es que los principales contrarios de Franco y los suyos éramos los vascos, nos dieron fuerte. Cómo será la persecución que los soldados llegaban a los caseríos y le sacaban la poca comida que tenía la gente. Así es que era común carnear los chanchos y enterrar los jamones y esas cosas en los campos, guardarlos para que no se los llevaran.

 

Entonces es que decide venirse a Argentina ¿Cómo es que llega a Villa María?

Fue a fines de la década del 40, a través de mi tío, Cesareo Carricaburu. El y su familia habían llegado antes. La región estaba llena de vascos. Entonces nos vinimos con mi hermano Graciano. Yo tenía unos 15 años. Estuvimos como dos o tres años trabajando en el campo de mi tío en la zona rural de Tío Pujio, en un tambo. A los dos años juntamos para devolverle el dinero del pasaje en barco.

 

¿Que se acuerda de ese primer viaje en barco?

Al principio teníamos la ilusión de salir, por lo feo que estaba la situación y todas las cosas buenas que nos decían de Argentina, tanta tierra que había, tantos cultivos, tantos animales para trabajar. Justo antes de salir, ya fue un poco de miedo, porque en esos años uno se iba y no sabía si iba a volver. Del pueblo nos fuimos en tren a Barcelona, y desde ahí a Buenos Aires. Fueron como 20 días de viaje.

 

Regresemos a su estadía en los campos de la zona…  

Nosotros ya teníamos experiencia en el campo, pero acá aprendimos un montón de cosas nuevas, a ordeñar las vacas, montar a caballo, enlazar animales…  trabajábamos mucho y pudimos ahorrar. Le compramos una parte del tambo a mi tío y luego un campo en Yucat. Para entonces mis abuelos habían fallecido, entonces mis padres y hermano decidieron venir a vivir con nosotros.

 

¿Mantenían las tradiciones vascas en ese campo de Yucat?

Un poco. Euskera dejamos de hablar porque los peones obviamente no entendían, ni tampoco las visitas y esas cosas. Seguíamos usando la txapela si, y comiendo muchas legumbres e incluso bacalao, que se conseguía. También jugábamos un montón al mus y veníamos a Villa María a jugar a la pelota, y a las fiestas del Euzko Etxea. Pasa que había muchísimos vascos viviendo por acá.

 

¿Cuándo es que viene a instalarse a Villa María?

Fue en el año 82. Vine con mi esposa, Trinidad Plaza, y compré la casa en donde vivo actualmente. Entonces trabajaba en el Centro Vasco, en el bar, haciendo asados, el mantenimiento de la cancha de pelota. La vida cambió. De estar en el campo e irme a dormir temprano, a la ciudad, al movimiento del Centro Vasco, a acostarme tarde.

 

Insistimos con el euskera ¿Lo hablaba con los demás socios o con su mujer?

Poco. Con mi mujer menos porque ella era vizcaína, y el euskera de ellos es muy distinto al nuestro, al navarro. El guipuzcoano es más entendible, pero para nosotros en Lekaroz y Arraioz era más fácil comunicarnos con los vascos franceses que con los guipuzcoanos.

 

En este relato de su vida, ya nos vamos acercando al presente.

Bueno, los 80 y 90 los pasé yendo mucho al Centro Vasco, trabajando y divirtiéndome. Ya a partir del 2000 menos, pero hasta el día de hoy sigo yendo, un par de veces por semana al menos, a visitar la gente, a tomar un café, a ver la pelota. Mi esposa falleció hace algunos años y desde entonces estoy solo, viviendo en mi casa, cuidando la huerta, todo muy tranquilo.

 

 ¿Y nunca se le ha ocurrido volver a vivir a Euskal Herria?

Antes sí, pero ahora… si me vuelvo es para morir allá. Regresé solamente dos veces: en el 66 y en el 2000. Fue muy emocionante, los recuerdos. Pero también se siente raro. Todo es diferente, uno no sabe ni como comportarse, es complicado. El tema es que acá… vivir solo a mi edad no es sencillo. Si me agarra cualquier achaque ¿Quién me ayuda? Voy a cumplir 82 años. No nos damos cuenta, pero los años pasan.

 

¿Pero le gusta Villa María?

¡Yo amo Villa María! En Lekaroz me crie al lado del río, y acá me encanta ir al Calamuchita, a pescar y ver el paisaje. Ahí hay una conexión, la que se da entre mis dos ríos: El Bidasoa y el Calamuchita.

 

Etrevista: Pepo Garay

 

 

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