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Fallece PEDRO LEGUINA EGUIA -DIRECTOR FUNDADOR

escrito por Viña del Mar    viernes, 25 de noviembre de 2016

FUNDACIÓN VASCO-CHILENA PARA EL DESARROLLO

Pedro Leguina Eguia, hombre de palabra y compromiso, hizo su futuro en Chile

MIKEL BURZAKO - Lunes, 21 de Noviembre de 2016 - Actualizado a las 06:03h

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  • Pedro Leguina.
  • El lehendakari José Antonio Aguirre, en su primera visita a Valparaíso en 1942.

BILBAO - Su hijo Iñaki me comunicó en el día de ayer, que se nos había ido. De manera tranquila, en compañía y asistida. Tal como es mi recuerdo de nuestro último encuentro en su casa de Santiago. De una tarde soleada, de nuestra particular despedida.

Pedro Leguina Eguia tuvo una de esas vidas que bien requeriría de una novela, de una película. Propia de otras épocas, que probablemente ya no existen en los tiempos actuales.

Su infancia la tuvo que pasar mayormente en el exilio, en una itinerante andadura con su padre, muy próximo al lehendakari Aguirre, en conexión con nuestros gudaris y con gobiernos aliados, que se vio obligado a llevar consigo a toda su familia. Anduvieron atropellados y escondidos en diversos países centroeuropeos y hasta en plena URSS de Stalin, comiendo en muchas ocasiones “sopa de calcetín” porque no tenían ni qué llevarse a la boca. La ayuda política internacional les llevó a embarcar a Chile, en un largo y trayecto final junto con tantos otros exilados vascos. En lo que constituyó su segunda patria en la vida, como bien hacía ver en su propia casa, la ikurriña y la bandera chilena izadas juntas, saludando erguidas en el jardín de entrada.

Vitoriano Zabala le ofreció de adolescente su primer trabajo, limpiando cristales en su ferretería algorteña de Valparaíso. Y como tantos vascos en América, de ahí se fue labrando su propio futuro, desde abajo, a base de esfuerzo, de constancia, de dedicación. Hombre de palabra, de compromiso, de lealtad, fue creciendo de la mano de empresarios vascos. Demostrando, con hechos, su gran valía, hasta terminar entre las personas de mayor confianza del propietario de una de las mayores empresas alimentarias chilenas.

Fue por aquel entonces cuando le conocí. Le habían propuesto liderar un nuevo proyecto, el de los Institutos Vasco-Americanos, en este caso en Chile. No lo dudó un instante. A pesar de la sustancial merma en los emolumentos que le iba a suponer. Pero era ante todo para él, la mejor forma de culminar su última etapa. Restituyendo todo su quehacer, su capital humano, su enorme valía a sus dos almas, al Chile que le había acogido y a una Euskadi crecientemente modernizada y tan alejada de la negra que había tenido que abandonar por la cruel dictadura de Franco.

Pedro tuvo una vida de esas de novela, con una infancia marcada por el exilio y una vida en Chile construida a base de compromiso y lealtad

Recuerdo con cariño nuestro encuentro en Euskadi y nuestros primeros pasos. De la mano también de nuestras familias, en la para mi aita significada Jacoba de Elorrio, correspondido por su familia en el baserri de Orabilles. Pero que fue lo que realmente forjó, probablemente sin serlo conscientes, una relación tan estrecha y la verdadera base de un equipo reducido a la mínima expresión, prácticamente de un continuo mano a mano, durante 7 años preciosos en Chile. Donde logramos actualizar el histórico prestigio vasco en Chile y unas altísimas cotas de reconocimiento mutuo como lo demostraron las agendas de las visitas del lehendakari Ardanza, el viaje oficial del presidente Frei a Euskadi o la invitación, entre los líderes internacionales, al lehendakari Ibarretxe en los actos conmemorativos de toma de posesión del Presidente Lagos.

Pedro Leguina Eguia lo ha significado todo para mí. Mi gran maestro, mi mejor ejemplo, e incluso también mi familia (aunque todavía siga sin tener claro, si fui el menor de sus hijos o el mayor de sus nietos). Una de las personas que, sin duda, más ha influido en mi vida. En mis primeros pasos profesionales, tan importantes ellos. En mi propia configuración como persona, tanto en prioridades, en comportamientos, como en valores. En el conocimiento y en el respeto por nuestra historia, por nuestros mayores, por tantos hombres y mujeres sacrificados, viviendo penurias, que con grandes gestas, pero sobre todo, con sus pequeñas obras del día a día, han propiciado nuestro reconocido prestigio. En la valía del trabajo, aplicado con principios, con rectitud, con alma. Y en que la base de todo ello reside sencillamente y, sobre todo, en las relaciones humanas.

Sus hijos son la mejor muestra de lo que ha querido inculcar, con dedicación y generosidad, en esta vida. Un compendio de profesionalidad y de honestidad, de valores y de creencias religiosas, de humanidad y de solidaridad. Y, sobre todo, de un amor inmenso por lo que significa esta tierra, por sus propios orígenes y por el verdadero valor e implicación de lo que supone sentirse vasco hoy en este mundo.

Mi último recuerdo quiero que sea, especial, para Maritxu. Una mujer de antaño, con 69 años de matrimonio a sus espaldas, siempre a su lado, en todo momento, y en el fondo, el verdadero sustento. “Yo lo único que quiero es que esté aquí conmigo”, me dijo en nuestro último encuentro, a su lado, intuyendo que él también nos estaba entendiendo. Aquí mismo sigue hoy Pedro, Maritxu, más presente y vivo, si cabe, que nunca. Porque su legado, de nuestra mano, me atrevería a decir que puede llegar a ser hasta infinito.

Beti gogoan eta bihotzean, Pedro.

Goian Bego!

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